sábado, 1 de enero de 2011

Hoy y ahora

... Quiero abrazarte fuerte y salirme un rato de mi, explorar sin miedo tus caprichos y no enfrentarme en una guerra con tu ego. Dejame reir a carcajadas entre tus sábanas, contarte mis anhelos y recuerdos sin que las agujas del reloj delimiten nuestro juego. Prometo no mirarte a los ojos detenidamente, es probable que el inconciente me traicione y empieces a colarte entre mis sueños...

domingo, 18 de octubre de 2009

El abuelo

Es raro el tiempo de ambos
Compartir sentimientos comunes,
Reuniones comunes,
encontrarnos
Envueltos en aires de esperanzas.

Nos vemos unidos por la
Rara proyección de la sangre
Que fluye por asombrosas generaciones
De deseos y prejuicios.

Pero el calor que contienen tus ojos
Rompe el frío del tiempo ligero,
Y en ellos veo reflejada tu niñez,
Tus sentimientos,
tu calle.

Aunque sea tango y rock,
Los entonamos con las mismas cuerdas vocales
Que se encuentran unidas por los sentidos
Y por el carmín de nuestros ríos internos.

No te pido que me cuentes tu vida,
Tus amores, tus odios.
Simplemente pido que me enseñes a crear la mia,
O que por lo menos me ayudes a crearla.

Porque tus ojos reflejan aquello que viviste,
Y te lo confieso, quiero llegar a mirar como
Los hacen tus ojos, con ese brillo de orgullo
Y con esa brisa de amor.

martes, 25 de agosto de 2009

Encontrarme

Hoy me reencontré con mi realidad, mientras trataba de no mirarme demasiado de cerca. Caminé por una ruta desierta, conversé con las estrellas que no me respondieron y escuché los ruidos del silencio. Me perdí entre recuerdos sin sentido que quisieron volver a ocupar mis pensamientos y les cerré la puerte con fuerza. Pero uno logró escabullirse por la cerradura: era la felicidad que me preguntaba cuándo volvería a dejarla entrar en mi vida.

miércoles, 29 de julio de 2009

Me debés

Vos me debés, quizás, una cena en la plaza de San Telmo, un paseo en barco por el Tigre y una ducha bien helada después de enredarnos. Me debés cien besos mandados por celular, dos mil por Internet y varios con gusto a café italiano dados en la cocina de tu casa.
Me debés un paseo por Colonia, una semana en la montaña y unos segundos en la Torre Eiffel. Me debés noches de amor, no de pasión, aunque si querés conjugar ambas magias prometo no negarme. Me debés jazz entre velas y tango entre nuestras piernas, miradas eternas en silencio y un corazón palpitando que pueda sentir en un abrazo eterno. Sólo tengo un te quiero que imaginé en sueños, un te extraño que vi en mi espejo y un te olvido que es mi deseo.

lunes, 20 de julio de 2009

El deseo

Construyo un mundo alrededor de mis propios deseos; en donde te encuentro una noche de agosto en una avenida desierta o en un parque oscuro y me abrazás sin decir nada. Creo con mi mente pinceladas rojas, risas y caudales color carmín que producen sentimientos. Y también invento un corazón que late cuando me miras a los ojos o cuando me estrechas fuerte contra tu pecho. Construyo y me destruyo. Ilusión y realidad que se contradicen.

jueves, 2 de julio de 2009

ENVIDIA


... no hay peor lucha que la que emprendemos contra nosotros mismos...

IRA

... Fuerza, sangre, muerte...

SOBERBIA

... Me encierro en mi. Mis deseos son mi obsesión...

CODICIA

... MAS MAS MAS...

PEREZA


... Me derrito anesteciada, las pupilas estancadas...

LUJURIA



... Pedir más, no encontrarte nunca y pedir más...

GULA




...apetito salvaje desgarra tejidos. Adicción, obsesión y embrujo...

INSPIRACIÓN 2AM

Y qué si te digo que tu boca rompe la noche estrellada de este desierto, mi desierto, que nada tiene que ver con tu paraíso lleno de vida, de gracia, de juventud. Y qué si te confieso que tus ojos son lagos tranparentes que no me dejan dormir, porque se cuelan entre mis sábanas, me hablan al oído y me piden que no los olvide. Y qué si te sigo un día, o una noche de junio, y busco en tu aliento el calor de las leñas encendidas, tu fuego, tu color, tu aroma. Y qué si te invito a que bailemos este carnaval, descalzos sobre la hierba fresca, sin prejuicios y sin miedos, en medio de la vorágine de angustia que acecha al resto de los seres, que bailan sobre el cemento firme que los contiene. Y qué si te pido un abrazo, incomparable entre los del resto de los entes apáticos, aquellos que no rien, que no miran, que no te respiran, que no sienten, entonces, vida.

EL RENACER DE SIDDHARTA

Aquella mañana observó cómo los rayos del sol entraban por la ventana de su habitación. Ésto había sucedido durante años, pero hacía tiempo que él no se detenía a mirar su alrededor. Había estado imbuido en sus sentimientos y pensamientos, olvidando que todo aquello que lo rodeaba podía hacerlo feliz.
Respiró profundo y salió a la calle con la energía y la alegría de haber revivido.

INSPIRACIÓN

...Continúa de este modo, lejos, que así sirvo para contar historias...

Y que injusto es el destino que quiso que un día soltara su mano. No lo quería así, nunca hubiese querido ese final. Pero la vida te da y te quita. Y así fue como un día todo se desintegró, sin dar explicaciones tocó a la puerta el desamor, el desencanto y el olvido. Ella podía ver el lado bueno de la situación: la separación había logrado quitar unos kilos de sus caderas y echado a volar su imaginación. El dolor había hecho nacer una necesidad imperiosa de expresarse. De contar todo lo que atravesaba su mente. Pintó un campo desierto, sin apenas un arbusto. Según ella representaba un corazón sin vida. Escribió un poema y una historia que decía más o menos así:

“Caminábamos por las calles durante noches esporádicas de abril. Recorríamos las avenidas a paso lento, perdiéndonos entre relatos de historias de Cortázar y otras inventadas por nosotros. Esas historias que tardaban horas en ser terminadas, porque los besos que se entrometían eran pausas largas realmente justificadas. Y ahí se encendía un fuego que nunca pudimos apagar del todo. Porque siempre había más para dar, más necesidad de seguir y de detener el tiempo cuando nuestros ojos se miraban demasiado cerca. Casi siempre terminábamos desnudos mirando el techo de la pequeña habitación de la calle Córdoba, apenas iluminada, charlando y riendo sin parar. Y tus manos acariciaban mi espalda hasta quedarnos dormidos.
Nunca pude comprenderte del todo. Creo que ni vos lograste entender tus sentimientos. No me interesaba demasiado, porque tus ojos decían que tu cuerpo necesitaba mis abrazos y yo no precisaba más explicación que la que me daba aquella mirada.
La causa por la que decidí partir, fue porque tu boca púrpura ya no buscaba mis besos. No soporté el desamor ni el desencanto, y entonces me acechó la necesidad de irme lejos para poder olvidar. Y sin dar demasiadas explicaciones solté tu mano y te dejé ir, para que busques encender nuevos fuegos en el interior de otras mujeres que escuchen tus historias, como así lo hice yo, en esas noches de abril, que terminaban en tu habitación, entre risas y charlas eternas."

SINCERICIDIO

Te extraño

DECEPCIÓN 2

Ir hacia allá e intentar llegar. Qué difícil se hace encontrar aquel destino anhelado. Nuevos caminos se entrometen, nuevas caras, nuevas sonrisas que provocan estampidas en el pecho. Por esos gestos uno se desvía, creyendo haber encontrado el recorrido más corto hacia la felicidad, esa felicidad que no llega, porque siempre queremos más. Quizás debamos conformarnos con eso, con esas sonrisas que a veces se cruzan y logran inmensas palpitaciones. La felicidad son momentos, instancias de sonrisas que uno quiere detener, donde uno desea que nada mute, que nada cambie de lugar, que no lo invada el tiempo con su inevitable avasallamiento. Fui feliz, me decepciono cada vez que dejo esos momentos en el pasado. Hoy siento decepción.

FELICIDAD

Ese día sintió la brisa mañanera en su rostro por primera vez. No es que nunca había pasado por una experiencia semejante, pero en esta oportunidad le prestó atención. Desde que tenía conciencia su vida había transcurrido entre el tránsito de las avenidas y los ruidos de la fábrica. La cadena de producción lo había convertido en una pieza más del proceso, en un eslabón fácilmente reemplazable. Y él se había adaptado a ese papel de manera natural, sin ni siquiera pensar en que su vida podía ser diferente. No había prestado nunca atención a sus deseos internos. Disfrutar era una actividad para el tiempo libre, pero éste escaseaba en su rutina. Las necesarias horas extras lo habían consumido y lucía flaco y pálido. Nunca se había dado la oportunidad de dar rienda suelta a su potencial, de observar si contaba o no con algún don creativo. No sabía si le gustaba la música, la pintura o la poesía. No había bailado nunca, tampoco sabía si podía entonar una melodía sin desafinar. Quizás si en algún momento de su pasado hubiera tenido la oportunidad de ponerse a prueba, lo habría sabido. Pero no fue así y cayó preso de la vida sin sentido y sin gustos.
Pero aquella mañana en que la conoció, las cosas fueron diferentes. Ella entró apurada por el pasillo principal, con aquel paso firme de tacones y la seguridad de las mujeres que visten minifalda. En un principio él ni se percató de su presencia porque, como siempre, sólo prestaba atención al encastramiento de las piezas que debía armar. En la velocidad de sus pasos y a causa de su mirada altiva, ella no vio las cajas de cartón que había delante de su paso y tropezó con ellas. Al caer, golpeó con sus manos la pieza que el manipulaba y así llamó la atención de sus ojos, que miraron directo a esas pupilas oscuras que él nunca más pudo olvidar. Ella se levantó rápidamente, con la intensión de disimular que había errado en algo, que no todo le salía bien. Enojada consigo misma, ni siquiera le pidió perdón y, nerviosa, continuó caminando, con aquel paso firme que causaba estruendos en todo el pabellón.
Ella inmediatamente lo olvidó. Nunca supo su nombre, ni se percató en su aroma, ni en las ojeras que formaban surcos debajo de los ojos cansados. Pero para él ese encuentro de miradas resultó tan mágico y significativo, que a partir de ese instante pudo darse cuenta que podía existir algo diferente en su rutina, que logre hacerlo vibrar. Y ese día, durante esa mañana, se sintió feliz. Al salir a la avenida, luego de una noche que había transcurrido entre maquinas y sudor, sintió la brisa mañanera en su rostro por primera vez.

LLUVIA

- Che, Juan. Creo que va a llover.
- Así parece. Otro día más sin buena venta. ¿A qué hora terminaste ayer?
- Alrededor de las ocho de la noche. Pero hice nada más que 20 pesos.
Juan vaciaba el mate en la bolsa de nylon que tenía entre sus piernas. La úlcera lo obligaba a trabajar sentado, y sólo se ponía de pie para trasladarse de cuadra. Jacinto miraba el cielo.
- Si llueve voy a volver a perder plata. ¡No sabés lo húmedos que se ponen estos bizcochos! ¡Chicles, parecen!
- Yo estoy muy cansado y quiero irme a mi casa. No me importa si llueve o no. Hoy no voy a hacer un mango.
Juan apoyó el termo al lado del cepillo y se pasó un pañuelo verde por la frente. Colocó la tapa al betún negro y lo acomodó en el canasto.
-Yo creo que me voy, Jacinto. La humedad me está matando. Ya no voy a juntar más que estos quince pesos. Para el morfi me alcanza.
- ¿Qué pasó con el alquiler?
- La mamá de Olga nos va a prestar 50 pesos. Pero no llegamos a pagar todo lo que debemos.
- Yo te puedo tirar unos mangos. No mucho, pero le puedo pedir a Marta que saque de los ahorros.
- Gracias. Pero no quiero deberte más guita. Además el desalojo es seguro. La vieja de Olga ya nos preparó una habitación.
-¿Y los pibes?
- Se irán a lo de mi hermano. No sabemos todavía. Pero ellos tienen el laburo fijo y últimamente hay más obras.
Los dos quedaron en silencio, mientras Juan subía el cierre de su campera azul. Jacinto frotaba sus manos peludas y les daba calor con su aliento.
- Andá. Tenés una cara. Yo todavía no puedo. Voy a esperar a la salida de la escuela. Por ahí tengo suerte.
- Sí, seguro. ¡Los pibes salen con un hambre! Pero con este día nadie va a lustrarse los zapatos. Olga debe estar preocupada.
Juan metió su mano en el bolsillo del pantalón y sacó algunas monedas que contó con la vista. Luego tapó el canasto de mimbre y lo colocó bajo su brazo.
-Me voy, viejo. Que tengas un buen día.
- Chau, che. Que te mejores
- Chau.
Juan tomó la avenida con paso lento y se detuvo a unos pocos metros de la esquina San Juan. Extendió el brazo derecho y detuvo el colectivo. Subió los peldaños con dificultad y logró protegerse de las gotas de lluvia que comenzaron a caer.

ESPERAR

-Ana, querida… ¿Cómo va todo?
-Zulma…Acá andamos. Esperando el parte. Gracias por venir.
-¿Cómo no iba a venir? Vos Héctor, ¿Cómo lo tomaste?
-¿Cómo lo voy a tomar? No es fácil para nosotros. Ella es muy chica. Igual, no podíamos hacer otra cosa.
-Era una decisión tomada, pero íbamos a esperar a la semana que viene. Hoy empezó con las pérdidas y tuvimos que salir corriendo. ¿Vos como estás?
-Bien…
Los tres quedaron en silencio, mientras Ana desenredaba sus rulos colorados con los dedos. El único sonido del pasillo era el zapateo constante de su taco aguja sobre el suelo.
-¿Podés calmarte Ana? ¡Me ponés nervioso!
-Perdón. Esta espera me está matando. ¿Qué hora es?
- Las tres en punto.
-¡Hace más de una hora que entró! No sabía que iba a ser tan largo. ¿Le habrá pasado algo malo?
-¡Hay nena! ¡No exageres! Estas cosas son así. Acordate de la operación de la Bety. Resultó ser simple.
Zulma se abanicaba con una revista vieja y miraba de reojo los anteojos oscuros de Héctor.
-Te quedaste mudo. ¿Querés que vaya a comprar agua?
-No, estoy bien. Ana, ya vas a ver que después de hoy nuestra vida va a cambiar. No llores, nena…
Zulma observó que los ojos de su amiga estaban llenos de lágrimas y el ruido del taco golpeando el suelo se volvió más persistente. De su cartera de charol, sacó un pañuelo y se lo pasó a Ana por las mejillas. Desde la sala salió el médico con paso lento y la mirada hacia el suelo.
- ¡Doctor! ¿Como anda la nena?
- Todo está en orden y fuera de peligro. Pero no pudimos continuar con el embarazo. Con permiso.
- Gracias doctor.
Los tres quedaron en silencio nuevamente.
-Andá. Tenés cosas que hacer. Yo me quedo con mi marido. No te preocupes.
-¡No te dejo ni loca, nena! No tengo otra cosa que hacer más que estar con vos. Además a la nena le va a gustar verme. ¿De cuánto estaba?
-De dos meses y medio.
-Igual que la Bety. Vas a ver que va a salir todo bien. Igual la iban a operar ¿no?
-Ella no quería. Dijo que iba a dejar la escuela y dentro de un año la iba a retomar. Pero a nosotros nos parecía que lo mejor era terminar con esto ahora. Tiene 15 años y andá a saber quién es él. Igual ahora no tenemos más nada que pensar. Las cosas se dieron naturalmente.
Los tres quedaron en silencio. Héctor miraba el suelo a través de los lentes oscuros que tapaban sus ojeras, mientras frotaba sus manos en la campera de jean que estaba sobre sus nalgas flacas. Ana apoyó la cabeza en el hombro de su amiga, que volvió a ofrecerle su pañuelo. Aún quedaba un largo rato de espera en el pasillo del hospital.